El cambio, la evolución de uno mismo, es la actitud mas difícil en el camino de nuestras vidas, la estatura de lo que somos tiene el mandato de nuestro pasado y por lo tanto, en el lento camino de nuestra formación, cargamos con el peso de una cultura que es ajena a nuestra esencia, aprendemos mas por repetición que por decisión. Aunque ello es necesario, llega un momento en nuestras vidas que la renovación se aparece como una encrucijada en el camino, uno, el camino de la repetición, de la rutina, en suma, el camino donde comienza nuestra muerte, otro que se bifurca con el misterio de lo desconocido, generalmente repudiado por el estándar de la sociedad, solamente sabemos de él que será diferente, pero con la incertidumbre de su realización. Y es allí como el águila, tendremos que despojarnos de toda esa vestidura diseñada con el viejo estilo de nuestro pasado. Ese cambio o trasmutación tiene el profundo dolor de un fuego ardiente, quemante, pero purificador. Son pocos los que deciden transitarlo, porque es el camino de la soledad mas absoluta en donde el encuentro con uno mismo tiene el mismo dolor que arrancarse el pico, las garras o las plumas, porque ellas jamás te permitieron volar.
En ese abismo de la soledad y el silencio nace en nosotros una nueva dimensión de la vida, una vida en donde la magia adquiere una presencia cotidiana, ya no somos aquellos adultos que tenemos que tocar para creer, en esa bruma de silencio y soledad crece en nosotros un Genio nunca conocido, un Genio hacedor e indestructible que al hablarnos nos dice "no existe lo imposible", "existe si, tus ilusorias limitaciones".
Ese Genio que se funde en nuestras venas, en nuestra piel, carne y huesos, transforma nuestro cuerpo como esa águila, con alas invencibles que duplica el tiempo de su vida.
